Cuando el fuego paso y dejó la tierra oscura,
creímos que también
se había llevado el futuro.
Quedaron cenizas,
paredes sin nombre,
manos vacías
buscando recuerdos entre el polvo.
Pero la esperanza no grita,
susurra.
Aparece en un gesto simple:
una mano que ayuda,
un martillo que vuelve a sonar,
una risa tímida
en medio del cansancio.
De las ruinas nace el “nosotros”.
Donde hubo pérdida,
crece la fuerza compartida.
Donde hubo llanto,
se aprende a sobrellevar el drama.
No todo se reconstruye igual,
pero todo puede
volver a tener sentido.
Porque mientras haya personas
dispuestas a cuidar,
a levantar juntas,
a creer otra vez,
el fuego no habrá ganado.
La esperanza
no es olvidar lo perdido,
es atreverse
a seguir viviendo.
Isabel Costa


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